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¿Qué está pasando en China?
El corresponsal de LA 30 en China, Daniel Barrios, explicó cuál es la situación que se vive en ese país tras la huelga que realiazan los trabajadores de la empresa Honda desde hace quince días.
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Al respecto, Barrios indicó que la huelga de los trabajadores de Honda se complementa con otras huelgas que realiazan funcionarios de otras empresas importantes, comom por ejemplo la que abastece de teléfonos celulares a Nokia y producen los Ipod de Apple: "Esa empresa está en cnflicto porque en los últimos meses se han suicidado muchos trabajadores", mencionó Barrios.
Asimismo, el enviado de RADIO NACIONAL advirtió que "en el caso de Honda, la huelga se realiza desde hace más de quince días, lo cual supone pérdidas económicas muy importantes".
Barrios dijo que "además de todo eso hay un problema que se está manejando con mucha cautela por parte del gobierno comunista, porque estas reivindicaciones salariales de los trabajadores de Honda, pueden suponer un cambio para el modelo chino, porque más de un millón de las empresas extranjeras están pensando radicarse en Vietnam o Camboya, porque esta época de 'salarios flacos' a los obreros, pone ciertos límites".
Complementando este punto, Barrios mencionó que "toda esta situación va a tener consecuencias importantes en el modelo chino como tal en caso de que estos dos ejemplos comiencen a difundirse por el resto de China, porque si los salarios empiezan a crecer de acuerdo a las reivindicaciones planteadas por los trabajadores, el modelo empieza a debilitarse".
(LA30 RADIO NACIONAL)
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Crisis mundial: Llega la deflación, se demoran las disculpas, se buscan nuevos modelos
Los primeros síntomas son inequívocos y el diagnóstico es uno solo: el terrible virus de la deflación ha invadido y se instala en el ya castigado organismo de la economía real. Solo nombrar la palabra "produce escalofríos", consigna la primera página del New York Times, recordando los peligros y los efectos devastadores de un proceso deflacionario.
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Por Daniel Barrios (enviado especial de RADIO NACIONAL)
“El paraíso perdido” es el término que encontraron los analistas del Royal Bank of Scotland para definir el comportamiento del Índice Reuters Jefferies, que desde 1957 mide la evolución de los precios de una canasta de 28 commodities (materias primas u otros bienes de calidad estándar y sin prácticamente ningún valor agregado): luego de haber conocido el mejor semestre de su historia con un crecimiento de 29%, a partir del primer día de julio y hasta el último de octubre, los precios cayeron un promedio de 45% y los contratos a futuro volatilizaron casi 300 mil millones de dólares en 4 meses.
La explosión de la burbuja de los commodities es la más espectacular de las muchas que esta crisis ha provocado. La debacle planetaria de la demanda, producto de la recesión que ya comienza a sentirse (el Fondo Monetario Internacional-FMI acaba de pronosticar que los países más desarrollados sufrirán una recesión de 0,3% en 2009, lo que arrastrará a la baja el crecimiento mundial, que será de apenas 2,2%), ha golpeado sin excepción todos los commodities, del petróleo al oro, de los granos a la lana, de la carne al cobre.
Además de las materias primas, la deflación ha devaluado otras dos categorías fundamentales de bienes: la vivienda, que en promedio han perdido mas de un cuarto de su valor, y los títulos y obligaciones que, según Standard & Poor’s 500, el índice más representativo de Wall Street, han caído a la mitad de un año atrás.
La deflación es un flagelo mucho más grave que la recesión. Retrocesos y crecimientos negativos o periodos de estancamiento han sido y seguirán siendo frecuentes y los economistas han sabido encontrarles cura. La última recesión importante fue la del 2001, cuando explotó la burbuja de los “punto.com”, trágico final de la “exuberancia irracional” de la que tanto habló Alan Greenspan y que tan poco hizo por evitarla.
En cambio, las deflaciones de alcance mundial como a la que asistimos son excepcionales y la de los años 30 del siglo pasado es la única que conocimos en la era moderna.
La deflación no es una simple “des-inflación”, es decir, una disminución en los precios de algunos bienes de consumo y que, en principio, es incluso bienvenida por los consumidores, que ven aumentar su poder de compra. Es un cáncer cuya metástasis alcanza los órganos más vitales y ataca las defensas del organismo económico: el patrimonio de las familias (vivienda, ahorros, bonos, acciones, fondos de pensión); los bienes de capital y las propiedades del Estado; el capital de las empresas.
La recesión se manifiesta en una contracción del Producto Bruto Interno (PBI) o la renta generada en un periodo determinado de tiempo. En cambio, una caída abrupta y generalizada de los precios ataca toda la riqueza hasta ahora acumulada y no consumida. Quien más quien menos, pero todos sin excepciones, ven perder el valor de lo mucho o poco que han logrado acumular y más temprano o más tarde todos terminamos siendo mas pobres.
Los más damnificados
No obstante sea un fenómeno que afecta gravemente a toda la economía, dos son los sectores que sufren particularmente la deflación: el consumo y los deudores.
El efecto sobre los deudores es devastador. La pérdida abrupta del valor de los bienes que garantizan sus préstamos lleva, por un lado, a la insolvencia del deudor y, por otro, obliga a los bancos a ejecutar las garantías, a vender parte de su portafolio para hacerse de efectivo, precipitando a la baja el valor del patrimonio, acciones y obligaciones de los propios bancos. Como resultado, de este círculo perverso de insolvencias de los deudores y pérdidas de los acreedores se llega a una restricción y casi paralización de la actividad crediticia.
No obstante, los que más sufren las consecuencias de la deflación son los deudores y no los bancos. Cuando los precios de sus garantías caen, sus deudas -que mantienen en cambio su valor nominal-, aumentan proporcionalmente.
Los estados también quiebran
Este riesgo real de insolvencia vale para cualquier deudor. También para los gobiernos, que muy probablemente serán las próximas victimas de una nueva fase de esta misma crisis.
El primer impacto de la crisis golpeó el corazón del sistema bancario y obligó a los gobiernos de los países más industrializados a una operación de rescate/salvataje sin precedentes en la historia económica. El segundo acto fue la recesión que deprime la economía real. El tercer capítulo, que ya está comenzando, es el riesgo de insolvencia de muchas economías nacionales.
A excepción de la China, cuyas reservas ya se acercan a la cifra record de 2 trillones de dólares, el riesgo país comienza a extenderse en todos los continentes: Argentina nacionaliza los fondos de pensión para hacerse de dinero en efectivo; Pakistán -un país crucial por razones geopolíticas-, golpea las puertas del FMI como último recurso para salvarse de la insolvencia inminente; la quiebra virtual de la pequeña Islandia; Polonia y Dinamarca se apresuran para entrar a la zona Euro como único escudo contra la crisis de confianza, la fuga de capitales y el deterioro de sus balanza de pagos; la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN por su sigla en inglés), Japón y China que anuncian la creación de un fondo común inédito, no para salvar a los bancos sino a los países con riesgo de liquidez.
A la hora en que los gobiernos deben erogar recursos enormes para socorrer a sus mercados, hay quien recuerda que los países, al igual que los bancos y las empresas, también pueden declararse en bancarrota, y corren a buscar reparo.
La huelga de los consumidores.
El impacto de la deflación sobre el consumo es tan catastrófico como el anterior.
A primera vista se podría pensar que una caída en los precios de los bienes comportaría un aumento en el consumo de los mismos. Eso es cierto cuando la caída de precios es acotada en el tiempo. En cambio, cuando se instala un proceso deflacionario la reacción es la opuesta: no comprar hoy lo que mañana costará menos. Lo único que no pierde valor en una deflación es la liquidez, la disponibilidad de dinero. La decisión de postergar sus gastos es por demás racional y justificada desde el punto de vista del consumidor individual, pero tiene efectos mortales para el resto de la economía y trágicas consecuencias para el bienestar colectivo. La crisis de Japón del último decenio del siglo XX es emblemática e ilustrativa.
La deflación es una enfermedad larga, difícil de curar y la medicina aplicada se ha demostrado de eficacia relativa; en particular, las prescripciones monetaristas. Se pueden recortar las tasas de interés, reducir el costo del dinero prácticamente a cero, inyectar enormes cantidades de dinero (como lo están haciendo en estos días las autoridades monetarias de las principales economías del mundo) sin que esto alcance para estimular el gasto de las familias ni las inversiones de las empresas.
La política monetaria por si sola es insuficiente y, en general, termina en lo que John Keynes llamó la trampa de la liquidez: por más que se baje la tasa de interés, las familias seguirán en “huelga de consumo” y las empresas no pedirán crédito porque el retorno esperado de sus inversiones es insuficiente. Ante la impotencia y el fracaso de la política monetaria, más que nunca es necesaria - como también enseñó uno de los protagonistas de Bretton Woods-, una política fiscal activa, un robusto aumento del gasto y las inversiones públicas y, para generar empleo, reactivar la demanda del público y la confianza de los inversores.
Las disculpas que no llegaron
Hoy casi nadie discute que una de las principales víctimas de esta crisis es el pensamiento único impuesto por el liberalismo a ultranza: la apertura incondicional de las fronteras, la omnipotencia e infalibilidad del mercado como autorregulador y corrector de desequilibrios económicos y financieros, el desprecio sin limites del papel del estado en la economía.
Qué anticuada y ridícula suena aquella máxima del ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, “el Estado no es la solución, el Estado es el problema”, cuando vemos a los gobiernos de EE. UU. y Europa invertir centenares de miles de millones de dólares para rescatar bancos, empresas y fondos de inversión.
Qué anticuadas y trágicas por sus consecuencias para decenas de millones de indonesios, tailandeses, malayos y coreanos aparecen hoy las recetas imperativas del FMI para la crisis que embistió al sudeste asiático en 1997: subir las tasas de interés, reducir el déficit y el gasto publico, equilibrar cueste lo que cueste el presupuesto del Estado, abstenerse de cualquier tipo de intervención en el sector financiero y el mercado cambiario, dejar que quiebren los bancos en dificultades y aceptar pasivamente la embestida contra sus propias monedas.
Sería hora de que con el mismo rigor con el que impuso esas políticas para otorgar sus préstamos, el FMI reconociera su error y pidiera disculpas a toda Asia.
El modelo asiático
Por suerte para ellos (y para el resto del mundo), China e India hicieron oídos sordos al FMI y al fundamentalismo del “consenso de Washington” y optaron por su propio camino: modernizaron pero no liberalizaron completamente el sistema bancario; ofrecieron créditos con moderación; aumentaron sensiblemente el gasto y la inversión pública en infraestructura; priorizaron la economía real, la producción industrial y de servicios; mantuvieron y consolidaron el rol del Estado como distribuidor de los recursos claves de sus economías; abrieron, pero con ciertas condiciones, sus fronteras al capital extranjero.
“Aplicamos una política económica que permite el funcionamiento del mercado en la asignación de recursos pero bajo la guía y la reglamentación macroeconómica del gobierno”, declaró recientemente Wen Jiabao, primer ministro chino. “Para resolver las dificultades financieras y económicas que atravesamos es necesario aplicar no sólo la mano invisible sino la visible”, recomendó el mandatario en un reciente reportaje a la revista Newsweek, primer medio de prensa occidental al que le concede una entrevista exclusiva.
Mientras la mano invisible hacía crecer la economía americana sobre una montaña de deudas pública y privada, interna y externa, la mano visible china orientaba sus recursos a la modernización de su infraestructura, la investigación y la educación superior.
Ahora, cuando la mano visible del presidente George W. Bush y su ministro Henry Paulson se abren con generosidad y el Estado entrega cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes para salvar a los mismos bancos y fondos de inversión que provocaron la crisis y cuando la mano visible de Europa y Estados Unidos comienzan a levantar muros proteccionistas y reniegan de los principios del libre comercio como desesperada reacción a la globalización incondicional y sin reglas que ellos mismos promovieron, China y los países del sudeste asiático profundizan su integración comercial y firman un acuerdo del cual nacerá un área de libre comercio de casi 2000 mil millones de personas.
Se buscan modelos
Tradicionalmente, en los países asiáticos y especialmente China e India, el Estado ha desempeñado un papel estratégico en la economía.
El milagro económico de Chindia se explica, entre otras cosas, por su capacidad de introducir sin prisa pero sin pausas las ventajas del libre mercado en economías altamente centralizadas y “estatizadas”.
Al mismo tiempo que promovieron un poderoso mercado de capitales abriendo sus puertas al comercio y a las inversiones extranjeras, también reforzaron el papel del Estado como asignador de recursos y contralor de los sectores claves de la economía. Con la misma convicción con la que “importaron” de occidente aspectos fundamentales del modelo de desarrollo capitalista, sentaron las bases para una convivencia armónica y virtuosa entre un Estado fuerte y un mercado vigoroso.
Es eso y no otra cosa “el socialismo de mercado” que tantos resultados le ha dado a China en los últimos 30 años, desde Den Xiaping a Hu Jintao, y que tantas criticas ha recibido de los gobiernos de Reagan y Bush.
En su acepción griega, krisis significa ruptura, cambio, momento de tomar decisiones. Nadie duda de que la crisis actual enterró para siempre el modelo de desarrollo aplicado en los últimos decenios y el paradigma que lo fundamentaba. La academia busca alternativas teóricas, combina Marx con Adam Smith, Keynes y Milton Friedman. La política, desconcertada, oscila entre proteccionismo y globalización, intervencionismo y libertad de mercado.
En esa afanosa búsqueda de alternativas no estaría de más tomar en cuenta alguna de las enseñanzas del modelo asiático. Sería una buena forma de disculparse de sus propios errores. Asia y el resto del mundo, las aceptarían gustosos.
Post scriptum
Barack Obama es el nuevo presidente de los Estados Unidos. En su primer discurso publico proclamó que su gobierno dará prioridad a la Main Street (economía real) sobre la Wall Street (economía financiera). Se anuncia una mega ayuda a las familias, pequeñas y medianas empresas e inversiones públicas para reactivar la demanda. Buen comienzo. Sin duda no será tarea fácil recuperar el desastre que le deja Bush. Le esperan tiempos casi tan duros como los que enfrentó Roosvelt cuando 1932 Hoover le dejo por herencia la Gran Depresion.
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"Uruguay está mostrando al mundo lo que puede ofrecer"
El enviado especial de LA 30 en China, Daniel Barrios, informó cómo se está desarrollando la Expo Shangai 2010, en donde nuestro país tiene un stand.
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Al respecto, Barrios dijo que "todo Shangai es una expo y, todo China es una expo. La Expo Shangai 2010 es una exposición mundial y, esta es una oportunidad que China esperó para mostrar lo que ha sido su destacado crecimiento en los últimos treinta años".
Complementando este punto, Barrios sostuvo que "la magnitud de esta manifestación es muy grande y se espera batir record de presencia, ya que se espera la visita de más de setenta millones de personas, teniendo en cuenta que ya llevan vendidas más de 25 millones de entradas para la expo. Por eso se espera que sea una de las exposiciones mundiales más importantes".
Asimismo, el corresponsal de RADIO NACIONAL informó que "China se preparó para esta gran vitrina, que muestra al país como es hoy. Shangai invirtió 50.000 millones de dólares, que es casi el doble de lo que producimos los uruguayos en un año. De esa cifra, 700 millones de dólares se invirtieron en la reestructura de la rambla, para mostrarla al mundo".
"Uruguay está mostrando al mundo lo que puede ofrecer"
Por otra parte, Barrios mencionó que "hay 189 países que construyeron sus propios pabellones y otros, que no pudieron hacerlo por razones económicos y de infraestructura, están concentardaos por regiones. Uruguay tiene un stand de aproximadamente 300 metros cuadrados en el pabellón de países sudamericanos. Allí se expone la producción uruguaya, la oferta uruguaya de inversiones y las nuevas tecnologías que Uruguay puede ofrecer al mundo".
En este sentido, Barrios agregó que "el stand uruguayo es muy frecuentado, ya que es visitado por unas 30.000 personas diariamente".
(LA30 RADIO NACIONAL)
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